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Edad y género

Sergi Barros2 de mayo de 20264 min de lectura
Edad y género

Envejecer siendo mujer implica afrontar una doble invisibilidad: por edad y por género. Las mujeres mayores han sostenido cuidados, familias y comunidades, pero a menudo reciben poco reconocimiento. E

Envejecer siendo mujer

Envejecer no significa desaparecer. Sin embargo, para muchas mujeres mayores, la vejez llega acompañada de una forma silenciosa de invisibilidad. No solo se las mira menos: se las escucha menos, se las consulta menos y, demasiadas veces, se decide por ellas. En una sociedad que valora la productividad, la juventud y la autonomía entendida como independencia absoluta, las mujeres mayores quedan situadas en un lugar incómodo: han sostenido familias, comunidades y cuidados durante décadas, pero rara vez ocupan el centro de los relatos públicos.

Hablar de tercera edad y género es reconocer que no todas las personas envejecen de la misma manera. La vejez de una mujer está atravesada por una vida entera de desigualdades acumuladas: brechas salariales, trabajos no remunerados, interrupciones laborales para cuidar, menor acceso a pensiones dignas, violencia normalizada, dependencia económica y menor reconocimiento social. La anciana que hoy vive sola, con una pensión mínima o dependiendo de sus hijos, no llegó ahí por casualidad. Su presente es también el resultado de estructuras que durante años consideraron su trabajo como una obligación natural y no como una contribución esencial.

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Muchas mujeres mayores han sido educadas para cuidar antes que para cuidarse. Han cuidado de hermanos, hijos, parejas, nietos, personas enfermas y vecinos. Han sostenido hogares enteros sin contrato, sin nómina y sin descanso. Pero cuando ellas necesitan apoyo, la respuesta social suele ser insuficiente o tardía. Esta paradoja revela una cuestión clave para la seguridad humana: una sociedad no puede considerarse segura si quienes han sostenido la vida quedan desprotegidas cuando más vulnerables son.

La seguridad humana no se limita a la ausencia de violencia física. También implica vivir con dignidad, tener acceso a salud, vivienda, compañía, protección económica, participación social y respeto. Para las mujeres mayores, estas dimensiones son inseparables. La soledad no deseada puede ser una forma de inseguridad. La falta de atención médica adecuada puede ser una vulneración de derechos. La infantilización constante —hablarles como si no comprendieran, decidir sin preguntar, tratarlas como una carga— también erosiona su dignidad.

Además, la violencia contra las mujeres mayores suele permanecer oculta. Puede expresarse en forma de maltrato psicológico, abandono, control económico, negligencia, abuso patrimonial o violencia ejercida por familiares y cuidadores. Muchas no denuncian por miedo, dependencia, vergüenza o porque han aprendido a normalizar el sufrimiento. En algunos casos, ni siquiera identifican lo que viven como violencia, porque durante generaciones se les enseñó a aguantar.

Pero reducir a las mujeres mayores a la vulnerabilidad sería injusto. Su perspectiva es también memoria, resistencia y conocimiento. Han vivido cambios políticos, transformaciones familiares, crisis económicas, migraciones, pérdidas y reconstrucciones. Muchas han aprendido a sobrevivir en contextos donde no existían redes institucionales de apoyo. Su experiencia puede ofrecer claves fundamentales para entender la comunidad, el cuidado, la resiliencia y la dignidad.

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Escuchar a las mujeres mayores no es un gesto simbólico: es una necesidad democrática. Significa reconocerlas como sujetas de derechos, no como receptoras pasivas de asistencia. Significa preguntarles qué necesitan, qué opinan, qué desean y cómo quieren vivir. También significa permitirles participar en las decisiones que afectan a sus barrios, sus centros de salud, sus hogares, sus pensiones y sus cuidados.

En Blue Human creemos que la seguridad humana empieza cuando todas las vidas son tomadas en serio. Y eso incluye las vidas de quienes han sido demasiado tiempo consideradas “mayores” antes que personas, “abuelas” antes que ciudadanas, “cuidadoras” antes que mujeres con proyectos propios.

Envejecer siendo mujer no debería significar perder voz, autonomía ni presencia. Debería significar vivir con más protección, más reconocimiento y más derecho a decidir. Porque una sociedad que no cuida la dignidad de sus mujeres mayores está fallando en una de las pruebas más básicas de humanidad.

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Sergi Barros

Sergi Barros

Blue Human Founder

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